Testa•del•Serpente

"Rinunciare a tutto per salvare la testa" •

Sodoma y Gomorra. San Pier Damiani el santo que condenó la “inmundicia” homosexual de los sacerdotes.


La cumbre sobre los abusos sexuales de menores, a la cual participaran los presidentes de todas las conferencias episcopales del mundo, se abre entre muchas polémicas. Muchos son los que exigen que el Vaticano encare el tema de la homosexualidad de los sacerdotes, una llaga estrechamente relacionada a los casos de abusos sexuales (la mayoría de las víctimas son jóvenes varones). Muchos otros niegan que el tema de la homosexualidad tenga algo que ver con los abusos, que serían exclusivamente causados por pecados de autoritarismo y clericalismo, en fin, abusos de poder (como afirmó el cardenal Blaise Cupich). Otros pocos apuntan al celibato como causa de la crisis del sacerdocio y de los pecados de sus componentes contra el sexto mandamiento. El libro del periodista francés Frederic Martel intitulado “Sodoma. Poder y escandalo en el Vaticano” le hecha más leña al fuego, con la intención de destapar una red de coberturas y de actividad homosexual que – según afirma el autor – hacen del Vaticano un “estado gay”. El libro saldrá a la venta el día en que inicia la cumbre vaticana, el 21 de febrero, terminando por relacionar una vez más (a pesar de las intenciones del autor) abusos sexuales y homosexualidad. A pesar de todo, es dificil considerar una simple coincidencia que el 21 de febrero la Iglesia celebre la memoria de un santo cardenal italiano que combatió – como ningún otro lo ha hecho – la inmoralidad de los sacerdotes y – de manera particular – el pecado de la homosexualidad de muchos de ellos. Os propongo un resumen de la vida de este santo, doctor de la Iglesia, y de su pensamiento. Lamentablemente muy actual, casi mil años después de la publicación de su obra “Libro de Gomorra. Homosexualidad y reforma en la Iglesia”.

Pier Damiani nació en Ravenna en el año 1007; fue monje, teólogo, místico, embajador pontificio, obispo de Ostia y cardenal de la Iglesia Católica. Fue proclamado “Doctor de la Iglesia” porque, gracias a sus escritos (fue uno de los escritores latinos mas fecundos y elegantes de la Edad Media) y a su predicación contribuyó notablemente a la reforma de la Iglesia.

Esto fue posible gracias al apoyo y a la confianza de varios Pontífices que lo convocaron como colaborador y consejero.

Pier Damiani estaba convencido que la reforma de la Iglesia debía pasar necesariamente por la reforma del clero que, en aquél tiempo, era sumamente corrupto bajo el punto de vista moral a causa de la simonía (compraventa de encargos eclesiásticos), del nicolaismo (sacerdotes que violavan en celibato), de una enorme ambición personal y de una vida sexual libertina y desordenada.

Aquellos pecados que, hasta aquél entonces, eran considerados aberraciones practicadas por algunos pocos hombres particularmente perversos y sin Dios, eran ahora comunes entre los ministros de la Iglesia.
Entre los vicios más peligrosos, Pier Damiani condenó la homosexualidad que definió como «el peor de los crímenes». Éste pecado «muy perverso y repugnante» se insinuaba «como un cancer en el orden eclesiástico», hasta en los cargos más altos de la Iglesia.

En efecto la homosexualidad era practicada impunemente y a la luz del día por monjes, clérigos y obispos!
Al fin de combatir y condenar esta depravación contra la naturaleza (“sodomitica immunditia“) que caracterizaba la vida de muchos eclesiásticos, hacia el 1050 Pier Damiani escribió el Liber Gomorrhianus (Libro de Gomorra. Homosexualidad y reforma en la Iglesia) una queja sincera y dolida que ha sido definida «la expresión más explícita contra la sexualidad desviada de todo el periodo reformador» (Brundage).

El santo italiano no tuvo miedo de hablar claramente rompiendo el silencio cómplice que elevaba a sistema las tramas del pecado. Desatendiendo todo tipo de respeto obsequial hacia la jerarquía, los monseñores y las familias aristócratas que dominaban la escena eclesial, no tuvo miedo de denunciar con determinación y franqueza uno de los grandes males del siglo: la violación del celibato por parte de los sacerdotes y las depravación de muchos de ellos, todo fruto del narcisismo y de la falta de fe de los clérigos.

Sobre el celibato también escribió el De caelibatu sacerdotum (1059) dónde invitaba al papa Nicolás III a reaccionar con determinado rigor contra aquello sacerdotes inmorales e intemperantes que desatendían el voto de castidad.

Pier Damiani también habló contra algunos decretos y formulas contenidas en los libros litúrgicos, en las cuales – ya sea por omisión, por complicidad o por simple ignorancia del copiador – se amortiguaba la gravedad del pecado de homosexualidad o se menguaba su pena. De esta forma no tuvo reserva alguna en denunciar la acción del mismo Satanás en la composición de algunos cánones eclesiásticos.

«La astucia del diablo ha insertado cosas falsas y sacrílegas entre los sagrados cánones, cosas que, para nosotros, es preferible borrar antes que apuntarlas, escupir antes que imprimir en papel burlas tan inconsistentes. Esto es: en estos delirios confían los sodomitas!»

Según el obispo Damiani – que deseaba para la Iglesia un retorno a la “sacta simplicitas” – no podían existir vías intermedias, discursos acomodantes o posibilidad de convivencia con aquél «mal abominable»:

El que haya cometido este pecado, de cualquier forma se haya manchado, no debe poder acceder a los Sagrados Ordenes; y si ya ha accedido deberá ser degradado y alejado del Orden» (I. Zavattano). «…Estos sinvergüenza son sacerdotes, son ministros del Señor! A estos no se le debe volver a permitir tocar el cuerpo y la sangre de Cristo, sus manos son inmundas e indignas. Para estos eclesiásticos no se debe disponer nada más que la degradación y el apartarse del Orden». «Éstos no conocen a Dios y sin embargo pretenden ser intermediarios entre Dios y los hombres, pretenden apaciguar la ira de Dios mientras que su misma vida merece el castigo divino: continúan a ofrecer sacrificios a Dios, pero deben saber que Dios no acepta las ofertas de las manos inmundas de los impíos»

La Iglesia adoptará oficialmente esta posición solo un siglo más tarde con el Tercer Concilio de Letrán del 1179: «Todo aquél que haya cometido aquella lujuria contra la naturaleza […] si es eclesiástico será expulsado del clero y internado en un monasterio para una vida de penitencia; si es laico será excomulgado y expulsado de la congregación de los fieles» (traducción libre).

Pier Damiani pagará su exceso de parresía y su fervor evangélico. Su lucha contra el pecado de homosexualidad de los sacerdotes le ganó duras acusaciónes hasta dentro de la jerarquía eclesiástica. «Las acusaciones que Damiani escribió en su libro no tenían antecedente, nunca antes se había denunciado la propagación de la homosexualidad en el clero y el mismo autor era consciente de esto: su rol de anticipador de los tiempos le costará una gran cantidad de ataques». (I. Zavattero).

En el Liber Gomorrhianus, escrito para Papa san León IX, Damiani denuncia con vehemencia y con un lenguaje durísimo, la ruina espiritual de aquellos que practicaban la “inmundicia sodomitica”. Un lenguaje que hoy en día sería considerado inadmisible e irrespetuoso aún dentro de la Iglesia.

Un lenguaje lejano años luz del actual “clericalmente correcto” (versión eclesiástica del “politicamente correcto”), que dice y no dice… que endulza la píldora, que modela y modifica los terminos hasta confundirlos, que evita algunos conceptos hasta eliminarlos del vocabulario (como “pecado”, “aberración”, “fuego”, “infierno”, “sodomia”…), que prefiere utilizar un léxico inclusivo y amigable para evitar de herir almas sensibles o facciones influyentes… o para evitar de parecer demasiado “medievales”, como el santo y doctor de la Iglesia Pier Damiani.

Extractos del Liber Gomorrhianus:

«Algunos, una vez saciados con la ponzoña de este pecado, cuando sienten remordimientos, para que los demás no conozcan su maldad, se confiesan entre ellos (…). Cuando un enfermo confiesa sus pecados al enfermo con quien los ha cometido, no se presenta ante los sacerdotes, sino ante otro leproso»

«Así pues, quien se tenga por soldado de Dios, que se revista para luchar contra este pecado, y que no renuncie a combatirlo con todas sus fuerzas. Allá donde lo encuentre, que dispare contra él las agudas saetas de sus palabras, y que no desista hasta hacerlo pedazos. Y que el raptor de tantas almas se vea rodeado de la más densa lluvia de flechas hasta que el cautivo que le sirve quede liberado de sus cadenas. Que la voz unánime de todos clame contra el tirano hasta que el tiranizado, presa de monstruo tan feroz, se arrepienta. Y que, ante semejante cantidad de testimonios, quien no dudó en entregarse a la muerte se convierta y se apresure a volver a la vida»

«Si este libro acabara cayendo en manos de alguien a quien le incomodase todo lo que más arriba he escrito, y me tuviese por acusador y delator de los pecados de mis hermanos, ha de saber que lo que busco, ante todo, es la indulgencia del Juez que escruta el interior de los hombres, y que no temo, en absoluto, ni al odio de los malvados, ni a las lenguas de los traidores. Prefiero correr la suerte de José, quien, siendo inocente, fue arrojado a un pozo por acusar de un horrible crimen a sus hermanos ante su padre (Cf. Gn 37), que la de Helí, quien, por haber callado al contemplar los pecados de sus hijos, mereció mayor castigo de la cólera divina (I Re 2, 4)».

«La recompensa de los castos aún es mucho más dichosa y resplandeciente, porque su descendencia guarda hacia ellos tal fervor que no podrá olvidarlos jamás, y así su recuerdo permanecerá para siempre. A los castos les promete Dios un nombre mejor que hijos e hijas, porque el recuerdo que la progenie pudiera extender durante un tiempo, en el caso de ellos se prolongará para siempre sin nunca apagarse: “El recuerdo del justo será perpetuo (Sal 121)”. Y también en el Apocalipsis dice san Juan: “Caminarán conmigo vestidos con blancas vestiduras, porque han sido hallados dignos, y no borraré sus nombres del libro de la vida” (Ap 3)»

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